Bausili admite que la guerra y la suba de tasas en Estados Unidos amenazan el plan financiero de Milei
El Banco Central reconoció que el principal riesgo para la economía argentina es el deterioro del contexto internacional, justo cuando el Gobierno de Javier Milei necesita desesperadamente tasas bajas, crédito abundante y apetito por deuda emergente para sostener su programa financiero.
La advertencia del Informe de Política Monetaria del BCRA llegó mientras Wall Street vivía un viernes de reversión abrupta. Apenas 24 horas después de tocar nuevos récords históricos, el S&P 500 cayó 1,14%, el Nasdaq perdió 1,62% y el Dow Jones retrocedió 0,81%, perforando nuevamente los 50.000 puntos. El mercado pasó de la euforia a la depresión en una rueda. Un casino donde los jugadores más grandes ya caminan hacia la salida.
El detonante fue múltiple. El petróleo volvió a dispararse. El Brent saltó más de 3,6% y superó los 109 dólares por barril, mientras el WTI rozó los 104 dólares. La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing terminó sin avances sobre Irán y el estrecho de Ormuz sigue virtualmente cerrado. La Agencia Internacional de Energía ya habla de un mercado “severamente desabastecido” hasta octubre.
A eso se sumó un dato que para la Reserva Federal es todavía más incómodo: la economía estadounidense sigue demasiado fuerte. El índice Empire Manufacturing de Nueva York saltó a 19,6 puntos, su nivel más alto en cuatro años, contra una expectativa de 7,2. La producción manufacturera de abril avanzó 0,6% mensual y marcó la mayor suba en 14 meses. Lo que en otro contexto sería una señal positiva, hoy funciona como combustible para una inflación que se resiste a bajar.
El tercer elemento fue la corrección que el mercado venía reclamando sobre las acciones tecnológicas y la fiebre de inteligencia artificial. El índice de semiconductores llegó a cotizar 32% por encima de su promedio móvil de 50 días, una distancia extremadamente rara incluso para Wall Street. Adam Crisafulli, de Vital Knowledge, sintetizó el clima con una frase que circuló fuerte entre operadores: “El movimiento fue extremadamente insostenible y quedó vulnerable a una toma de ganancias”.
Pero el verdadero terremoto no ocurrió en las acciones sino en los bonos. Ahí estuvo el corazón del problema que preocupa al Gobierno argentino. El rendimiento del Treasury estadounidense a 10 años saltó hasta 4,58%, el nivel más alto en casi un año. El bono a 30 años cruzó el 5,11%, máximo desde 2007. El bono a 2 años trepó al 4,07%.
El movimiento fue global y sincronizado. El gilt británico a 10 años llegó a 5,18%, máximo en 18 años. El bund alemán tocó 3,15%, el nivel más alto en 15 años. El bono japonés escaló a máximos de casi tres décadas después de que Japón registrara una fuerte aceleración de precios mayoristas. El mercado global de deuda se movió como una fila de fichas de dominó cayendo una detrás de otra.
La explicación es central para entender el problema argentino. Cuando suben los rendimientos largos en Estados Unidos, sube el costo del dinero en todo el planeta. Se encarecen los créditos hipotecarios, el financiamiento corporativo y también el acceso al crédito soberano para países emergentes. Eso golpea especialmente a economías como la argentina, que necesitan refinanciar vencimientos gigantescos y todavía tienen el mercado prácticamente cerrado.
El propio Bausili reconoció que el Gobierno monitorea con atención este fenómeno. No es casual. El programa económico de Milei descansa sobre una premisa delicada: que el contexto financiero internacional acompañe. El problema es que el mundo está girando hacia otro lado. Hace apenas un mes, el mercado veía prácticamente imposible una suba de tasas de la Reserva Federal en 2026. Ahora las apuestas se concentran en el sentido opuesto.
El cambio de mando en la Reserva Federal agrega más tensión. Kevin Warsh asumió esta semana en reemplazo de Jerome Powell y los analistas ya advierten que si intenta sostener una postura demasiado flexible frente a la inflación, el mercado de bonos podría “rebelarse”. Arthur Budaghyan, de BCA Research, lo resumió de manera brutal: si la Fed queda detrás de la curva inflacionaria, los rendimientos pueden dispararse todavía más.
Hay un dato técnico que en Wall Street miran con atención y que también encendió alarmas. El rendimiento del bono a 2 años ya se ubicó por encima de la tasa oficial de la Fed. Según Budaghyan, cada vez que eso ocurrió en las últimas tres décadas, el siguiente movimiento de la Reserva Federal fue una suba de tasas.
En paralelo, la euforia tecnológica sigue inflando valuaciones récord. SpaceX prepara una salida a bolsa histórica que podría recaudar 75.000 millones de dólares con una valuación cercana a 2 billones de dólares, dos veces y media más grande que el debut bursátil de Saudi Aramco. En el mercado ya circula una pregunta incómoda: cuánto de esa fiesta financiera depende de tasas bajas que tal vez ya no existan.
Para Argentina, la consecuencia aparece rápido en el riesgo país. Los bonos soberanos en dólares volvieron a operar en negativo y el riesgo país salto a los 536 puntos básicos. Esa barrera se volvió una frontera psicológica para el mercado. Cada rebote de tasas en Estados Unidos vuelve más difícil romperla.
El problema no es solamente financiero. Un petróleo arriba de 100 dólares también presiona sobre la inflación global y sobre los costos energéticos internos. Argentina produce más hidrocarburos que hace años, pero todavía necesita importar energía en invierno y sigue atada a una estructura industrial y de consumo muy sensible a los precios internacionales. Lo que sucede en el estrecho de Ormuz termina filtrándose hasta las facturas de luz, el transporte y los alimentos.
La disparada del petróleo, el sell-off global de bonos y la suba del riesgo país complican el esquema de financiamiento que necesita el Gobierno para llegar a 2027.
